miércoles, 3 de mayo de 2017

CRONICAS DE ARIADNA: “EL LABERINTO”


Son las nueve de la noche de un día normal y cotidiano  del año 2005 en el barrio El Limonar del corregimiento San Antonio de Prado, ubicado al sur de la ciudad de Medellín y el área Metropolitana, justo después de atravesar en bus el municipio de Itagüí uno vuelve a estar en jurisdicción de Medellín…es algo que siempre nos pareció particular.
Las tienditas que hay cada cien o doscientos metros una de la otra, están cerrando sus puertas al público para sumergirse en el interior del mismo local que en las noches se vuelve lugar de descanso; los niños y niñas van desfilando a sus casas ante el vocerío de sus madres; algunas luces, las de las casas de las personas más adultas, empiezan a apagarse; las casas donde viven personas afrodescendientes-que son bastantes en este barrio- ecualizan sonido con sus ritmos del  “pacifico” dejando tonadas en el ambiente de la noche como un regalo sonoro:
“Esta casa que yo hice / pasando tanto trabajo
Tiene piso’ e guayacán / y paredes de chachajo”

En la cuadra mía reina un silencio similar a aquellos que imperan en las casas o lugares donde acaban de llegar de enterrar a un ser querido…solo se escucha por allí el ladrido inquieto de “La Negra”, una perra, que igual a la de la canción de Alberto Cortez: “Era callejera por derecho propio…y aunque fue de todos nunca tuvo dueño”
Hace un par de semanas “La Negra” tuvo una cría de tres perritos y justo eligió mi casa como refugio para su trabajo de parto. Gustosamente la asistimos y cuidamos con cariño a ella y a sus tres perritos. Mi joven hija y el niño, de 17 y 8 años respectivamente, se apropiaron de los mimos y cuidados para los recién nacidos. “La negra” correspondía con gestos de “nobleza” tales como esperarnos a la  bajada del bus, acompañarnos hasta el parqueadero de los buses en las mañanas, menear la cola cuando nos veía, entre otros detalles.
Adentro en mi casa el ambiente estaba enrarecido: Los estados de ánimo oscilaban entre la expectativa de algo nuevo que encontrar, expresada en el rostro del niño que todo lo celebra y emprende como como una nueva aventura; la cara de incertidumbre y complicidad de mi joven hija que siente dolor pero lo guarda para darnos fuerza; el dolor de mi compañero de vida y amores que junto al mío reflejan la impotencia de un proyecto de vida truncado y la casa con las paredes totalmente limpia de objetos, mientras los motetes empacados en cajas se riegan a lo largo y ancho del recinto habitacional…Allí yacían en cajas, bolsas, talegos y costales las pocas cosas de valor que habíamos acumulado en los quince (15) años que vivimos en este barrio del cual teníamos que salir.
“Jota”, un vecino muy querido y cercano llega hasta nuestra puerta anunciando que  ya estaba el camión estacionado frente a su casa, ubicada en la parte baja, lugar que habíamos seleccionado con el fin de no ser muy evidentes y poder esquivar a los curiosos y curiosas de la principal.
El camión llegó con las personas expertas en cargar aunque teníamos tantos recuerdos y “bienes acumulados” que tuvimos que ayudar para salir de esa mas rápido. Cada vez que tomábamos una caja y salíamos caminando hasta el carro, “la negra” nos seguía y volvía de nuevo a la casa y así durante todo el tiempo que duramos cargando el camión.
Cuando terminamos, como es común en estos casos, los últimos en salir fuimos papá y mamá. La hija y el hijo ya estaban en el carro. Colgamos unas telas en las ventanas de la casa para que pareciera habitada y así evitar que fuera tomada. Hicimos un último recorrido desde el segundo piso hacia abajo y finalmente nos paramos en la puerta de la casa mirando hacia adentro, recorrimos con nuestras miradas ese espacio donde compartimos sabores y sinsabores, suspiramos profundamente y después, rápidamente, tomamos en nuestras manos las escobas,   trapeadoras y una maceta pequeña con una planta. Fuimos bajando hasta el carro despidiéndonos tímidamente de nuestras amistades, vecinos y vecinas, “con un taco en la garganta” y los ojos empañados. Abrazos, miradas silenciosas, apretones de manos, silencios, llantos…Un sonido extraño irrumpió en la noche. Era “la negra” que había cambiado su forma de ladrar y dejado de correr de arriba para abajo desde el carro a la casa como loca y empezó  a bajar despacio por la acera y las escalas detrás de nosotros emitiendo un alarido tan tenebroso y triste que hizo que los vecinos afro apagaran el sonido y nuestros ojos se inundaran en llanto.
Cuando llegamos hasta el carro mis hijos empezaron a llorar de manera desconsolada, nosotros subimos apurados y dimos la orden: ¡vamos!…el conductor miraba para atrás, para un lado, para delante de manera inquieta y es que el llanto de la negra nos siguió por un rato, pues salió corriendo detrás del carro y eso hizo que los cuatro lloráramos sin contenernos…y hasta el conductor con su actitud se solidarizaban con nosotros y nosotras, acompañándonos silenciosamente en este duelo colectivo a muchas cosas vividas allí.
Cuando el carro cargado de corotos, comenzó a desfilar loma abajo por las calles principales miré a mi compañero, a “El juglar” y con los ojos húmedos nos lanzamos una de esas miradas que en verdad “valen más que mil palabras”…
Lo pesado del carro le impedía salir corriendo a grandes velocidades entonces avanzó lentamente…al mismo tiempo aparecían en mi mente imágenes de aconteceres que sumados uno a otro y otros más, nos pusieron fuera de este barrio conformado por más de 2.600 viviendas habitadas por familias provenientes de zonas de alto riesgo de la ciudad de Medellín, que fue inaugurado como una experiencia piloto de la administración municipal en el año 1990.
Un grupo de mujeres viudas víctimas del conflicto armado, integrantes de la fundación “Alborada” liderada por Consuelo Arbeláez - esposa del diputado Gabriel Jaime Santa María, que había sido asesinado en plena Duma en los años del genocidio contra miembros de la Unión Patriótica UP- gestionó con algunas de nosotras un proyecto de vivienda apoyado por el gerente de CORVIDE (Empresa de vivienda social) muchos de cuyos directivo era de esa misma fuerza política, y una organización de cooperación internacional, las cuales propiciaron la compra de 16 casas para las compañeras que no teníamos vivienda. Yo era una viuda muy joven y participe con gran entusiasmo en este proyecto.
No olvido el día en el que nos invitaron a conocer el proyecto de vivienda. Nos bajamos del bus de San Antonio de Prado en el barrio Aragón pues todavía no subían buses hasta el barrio que estaba apenas  en construcción.
Carmenza, una de las compañeras, empezó a ver los “peros”: ¡Pero las calles no estar terminadas¡ Exclamó. Subimos entre pantano y tierra aproximadamente diez cuadras. Carmenza siguió esgrimiendo razones para desistir: ¡Es muy lejos, es  feo, no tiene escuelas, no tiene buses…pero yo, joven soñadora y utópica como la que más, Estaba feliz con la idea de tener una casa propia para mi hija y yo.
…Cuando el camión con el trasteo pasó por el sector conocido como la Y, exactamente frente a la iglesia, el conductor se hecho mecánicamente la bendición y paró un momento el carro para dar paso a varios buses que venían subiendo.
En ese preciso instante recordé el día en el que Cristóbal, asistente personal del padre Oscar Albeiro Ortiz Henao, sacerdote del barrio El Limonar,
fue hasta nuestra casa a pedirnos el favor de hacer una presentación artística en el colegio Fe y alegría que está ubicado una cuadra abajo de la iglesia. Ese día se realizaba una actividad con el objetivo de recoger fondos para la construcción de la iglesia. Nosotros pensamos mucho… antes de confirmar nuestra presencia artística en este evento…pues había muchos rumores en el barrio sobre acciones y procederes extraños por parte del padre. Sin embargo aceptamos apoyar esta actividad organizada por el único grupo de trabajo comunitario que tenía en esos días la iglesia.
El día señalado para la presentación llegó. La comunidad estaba citada desde temprano pues había una feria de productos y otras actividades más. La velada cultural era a las 3 p.m. en el salón múltiple del colegio. Nosotros llegamos mucho antes para preparar el escenario, el maquillaje y toda la parafernalia teatral.
Estaba ya todo listo para iniciar cuando nos anunciaron que había llegado el padre para dar un saludito. Nunca lo habíamos visto tan de cerca ni tampoco lo habíamos escuchado. Él subió al escenario que habíamos preparado y desde allí se dirigió a la comunidad. Nosotros, maquillados y vestidos nos sentamos en primera fila, frente al escenario, pues no había tras escena. Hacía algunos días había llegado un grupo de nuevas familias de alguno de los barrios de Medellín para habitar allí. Más o menos así saludo el padre a estas familias, ante nuestro asombro y la complacencia y aceptación de las personas que escucharon con normalidad esas palabras:
--------- “¡Bienvenidas las nuevas personas que llegan al Limonar, pero entiendan y sepan que aquí tenemos unas normas y  el que la caga la primera vez , se va de llamado de atención, el que la caga dos veces, se va de pela y el que la caga la tercera vez se va de cajón!”
Recuerdo que estas palabras retumbaron en nuestros oídos como resortes que querían impulsarnos fuera de ese lugar…frente a nosotros estaba un hombre sin sotana, relativamente joven como de 36 años, muy obeso, con una mirada tunantada y un tono de voz poco celestial que lanzaba una sentencia sin que nadie dijera nada. Nosotros, con mucho susto y asombro, procedimos a subir al escenario cuidando mucho nuestras palabras y gestos para no parecer contrarios a la voluntad del padre, que parecía ser la de todos y todas en ese recinto…
…Los buses que venían subiendo pasaron y el carro de trasteos sacudió un poco brusco para arrancar de nuevo y proseguir, sacándome de mis recuerdos. Nuevamente el silencio profundo mientras vamos lentamente saliendo de este barrio que “Aunque fue de todos nunca tuvo dueño”.
Pasamos frente al colegio donde habíamos hecho aquella función y recordamos que ese era el lugar de ensayo con el grupo de teatro integrado por jóvenes del barrio que habíamos conformado con el apoyo de la Corporación Ecológica y Cultural Penca de Sábila. Todos nos encontrábamos allí ciertos días entre las 6:30 y las 9:30 p.m. Uno de esos días, mientras ensayábamos con nuestro maestro “El Juglar” una de las escenas de la obra “Historias para ser contadas” de Oswaldo Dragún de Argentina, fuimos interrumpidos por un par de chicos que llegaron en una moto pitando y tocando la reja de la puerta de la escuela apuradamente. Cuando fui a la puerta ellos sin bajarse de la moto me saludaron como si me conocieran y me dijeron:
“¡Profe váyase con los muchachos rápido que los van a venir a “barrer”…es que el padre dijo que ellos son satánicos…y “los muchachos” del barrio vienen por ellos… corra…váyanse ya…yo me adelante porque ahí hay parceros que crecieron conmigo!”
Yo volví al salón temblando, sin saber cómo contarles eso. Salimos del barrio así como estábamos, con ropa de trabajo, con los cuerpos bañados en sudor por el trabajo físico y con los textos de la obra en las manos. El Juglar y yo nos dividimos: él se quedó con la hija y el hijo y yo acompañé al grupo de jóvenes hasta la playa con la avenida oriental, lugar donde nos encontramos con “Magui” y Javier Márquez, de la corporación Penca de Sábila, para analizar y  buscar salida juntos a esa situación….los recuerdos se agolpan en mi mente…
Después de la escuela seguimos bajando, cruzamos por un lado de “Las Bifas” uno de los sectores en confrontación, una de las “fronteras visibles” de este barrio habitado por personas de muchos sectores de Medellín: la Iguaná, Villatina, Caicedo, Popular, entre otros, que habían luchado por conformar un nuevo barrio, en condiciones más dignas, con  nuevos retos colectivos y comunitarios, con muchos conflictos, pero que lo estaban logrando hasta que  fueron llegando al barrio personas, supuestamente desmovilizadas, del Bloque Cacique Nutibara de las AUC, que se metieron en la vida de la comunidad constituyéndose en un nuevo poder. Muchos habitantes del barrio fueron expulsados, las casas desocupadas fueron tomadas por personas foráneas que con el apoyo de otros jóvenes residentes que se involucraron, las convirtieron en sitios de vicio y prostitución…
Cuando llegamos a la avenida principal algo nos sacó de nuestros recuerdos, silencios y pesadumbre. El conductor paró de nuevo el carro y lo arrimó a un costado de la vía. Nos percatamos que La Negra todavía nos estaba siguiendo y seguía aullando, como un lobo. El llanto volvió a nuestros ojos de manera intensa. Tomamos la vía rápido hacia la nueva casa que habíamos conseguido con el apoyo ágil y oportuno del fondo de emergencias del colectivo de derechos humanos semillas de libertad CODEHSEL.
Cuando llegamos a la nueva casa ubicada en una urbanización cerrada del mismo corregimiento pero en un barrio retirado del limonar, donde habíamos decidido estar un corto tiempo mientras resolvíamos un lugar más definitivo o estable para rehacer la vida con nuestra familia, había una hoja volante en el piso en medio de otros papeles, - De esos que se acumulan en las casas cuando están desocupadas -  en el cual se difundía la Semana Santa del corregimiento, que ya había pasado hacía varios meses.  Tenía impresas imágenes del barrio El Limonar y una nota en la que se alentaba a la comunidad para apoyar al padre Oscar en su empeño por construir un templo “Nuevo y digno para la comunidad”, por medio de campañas como “El huevito para la iglesia”, el adobe cargado por los feligreses en el día del viacrucis…entre otras.
Y como si mis propios recuerdos me persiguieran y se juntaran caprichosamente en mi mente, llegó a mi memoria otro de esos días vividos en medio de estas confrontaciones y dinámicas violentas en el barrio:
------Algo rompió la tranquilidad de la noche en la cuadra nuestra, conocida por la gente como La calle de las viudas y a la cual le buscamos cambiar el nombre por La calle de la vida: Eran como las 10 de la noche y ya no había nadie afuera. En el interior de las casas nos aprestábamos a acostar niños y niñas, a alistar cosas para el colegio o para el trabajo al día siguiente…como era usual.
De pronto una ráfaga taladró la noche. Eran muchos tiros sonando casi al mismo tiempo en nuestra cuadra,  una cuadra de esas en las cuales las casa de uno y otro costado solo están separadas por unas escalas y una pequeña acera, como en las urbanizaciones.
En mi casa reinó el susto y el terror, ya nos había tocado vivir situaciones similares en otros barrios y en otros lugares de nuestra “Ciudad de la eterna primavera” pero nuestros cuerpos habían olvidado -tal vez para sanarse- el temor que estos hechos producían. Temblando como robots mi compañero y yo llegamos rápidamente al interruptor  de la luz y apagamos. En medio de la oscuridad él tomó al niño y yo a la hija y nos protegimos con los colchones  de las camas, debajo de las escaleras que dan al segundo piso…los tiros seguían sonando. De pronto irrumpió una voz detonante como las balas gritando: ---- “Hijueputas chismosos tienen hasta mañana para largarse del barrio…malparidos”.
Después para sellar la advertencia sonaron otros tiros que revotaron como en la pared de nuestra casa…nosotros tapábamos la boca del niño para que su llanto no se oyera y abrazábamos a la niña para mitigar su terror.
Cesaron las voces y las balas, seguimos allí quietecitos otro rato hasta percatarnos que no iban a seguir disparando…nos acostamos así como estábamos vestidos para no prender la luz, pero no pudimos dormir. Con ansiedad esperábamos que llegara el nuevo día.
Cuando empezó a clarear, me levanté, llamé por teléfono a  Estela mi vecina de al lado y como si lo hubiéramos acordado previamente le dije que ya iba para allá y ella me dijo que iba a llamar a Nora y a las otras mujeres…amaneció del todo y eran como las 6 a.m. . Abrí la puerta con cautela y salí haciendo uso de mi capacidad de actuación, llame duro desde el primer piso hacia el balcón de Estela y dije en tono alto: “¿Si pudieron hacer la tarea las niñas? Yo ya voy a ayudarles que nosotros logramos terminarla”. Rápidamente me abrió la puerta y así una a una fueron llegando las mujeres de La cuadra de la vida o de las viudas. Fue una reunión tensa, se trataba de indagar si estábamos todas bien y tratar de construir una verdad que nos permitiera entender lo sucedido.
Wilson, esposo de una de las mujeres, residente en la casa donde estábamos dijo: “Lo que me llama la atención es que hayan dicho “chismosos” ¿por qué si esta es una cuadra de mujeres?” Una de las asistente propuso ir donde el padre. “Él tiene buena relación con esos “muchachos” del barrio, pidámosle que nos ayude a saber si es contra alguna de nosotras, contra todas, o que”. A los hombres que teníamos en la cuadra: El viudo y los esposos o compañeros nuevos de las mujeres los dejamos fuera de esto, como para protegerlos.  Una de ellas y yo fuimos a buscar al padre a su despacho parroquial. Le expresamos nuestros temores y le narramos lo vivido la noche anterior. Le pedimos que asistiera a una reunión en la cuadra y nos ayudara a todas y todos a aclarar lo sucedido. Él dijo que en un rato subía, que iba a hacer algunas averiguaciones.
Al cabo de un rato el padre llegó a la esquina de la cuadra acompañado de uno de los “muchachos”  del barrio. Estaba buscando el lugar de la reunión, lo alcanzamos  a divisar. Una de nuestras compañeras fue a su encuentro para guiarlo hasta la casa del primer piso donde estaban las demás personas. Más tarde ella nos contó que el padre estaba hablando por celular y cuando ella  llegó hasta su lado terminó la conversación, colgó y le dijo: “No he podido comunicarme a Urabá con el comandante”.
Caminando lentamente, a causa de su notoria obesidad y lo pesado de su cuerpo comenzó a dirigirse, por las escalas hasta el lugar de reunión. Llevaba en la mano el celular y debajo de su hombre un bolsito que siempre cargaba…parecía un porta Biblias. Entró, saludó y se sentó. Sin decir mucho expresó: -----“Según me informaron todo es culpa del “papero” (Así le decían al único hombre viudo que teníamos en la fundación y en la cuadra) se puso a abrir la boca más de la cuenta y a meterse en lo que no le importaba. Uno de los muchachos quería alquilar una casa en esta cuadra y él papero  le dijo a la señora que no lo hiciera para que no se les dañara la cuadra y a ella le dio miedo y no quiso alquilar. Y eso fue todo…no es contra ninguna de ustedes…era contra él y ya me informaron que salió del barrio. Todas nos miramos, guardamos silencio…el padre se paró y se fue levantando la mano, como cuando El  Papa sale a la gran Plaza de San Pedro en el Vaticano, saludando a la gente que ya empezaba a salir a sus oficios.
Cuando el padre giró en la esquina y no lo vimos más, nos dirigimos en grupo hasta la casa de nuestro compañero, que quedaba diagonal a la mía. Estaba desocupada, los vidrios de las ventanas quebrados y las paredes llenas de orificios de las balas de la noche anterior…
Nos aburrían muchas cosas en este barrio pero seguimos allí resistiendo porque nos parecía demasiado fácil abandonarlo. Nosotros somos líderes sociales, artistas defensores de derechos humanos y contamos con el apoyo de mucha gente, pero… y las otras personas del barrio ¿qué?…
Hasta que en ese día de febrero de 2005, después de varias llamadas extrañas a nuestra casa, recibí una llamada a mi celular, cuando me encontraba en una reunión de defensores y defensoras de derechos humanos con una organización internacional llamada Brigadas Internacionales de paz…al otro lado del teléfono una voz villana de esas expertas en causar terror dijo: “Quiubo malparida. Vos vas a seguir güevoniando o ¿qué? Se te olvidó que tenés hijos y marido. Te vas  a morir vos o uno de los tuyos hijueputa…”
Hoy varios años después y antes de terminar de escribir esta crónica reviso en internet que es lo más destacado que hay sobre el barrio en los últimos años y encuentro titulares como: “Capturado Óscar Albeiro Ortiz, sacerdote de El Limonar”; “Capturan a sacerdote señalado de liderar bandas criminales en Medellín”,  “El INPEC definirá el sitio de reclusión del sacerdote Óscar Albeiro Ortiz Henao”, “Condenan a sacerdote que lideraba organización criminal en Antioquia”, “El cura que podía mandar a matar condenado por concierto para delinquir y apoyo a grupos paramilitares”,  “El padre Oscar Ortiz es prófugo de la justicia”…. Hoy está condenado a 19 años de cárcel en alguna de las cárceles del país.

Publicada en Relatos de Guerra y Paz, Segundo Concurso “Crónicas de la Periferia” Proyecto Ganador de apoyos concertados-convocatoria Pública 2015, Arte y Cultura para la vida de la Secretaria de cultura ciudadana de Medellín

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